31 jul. 2013

Antártica: ¿cómo es vivir en uno de los lugares más remotos del mundo?

Con ventiscas de nieve que nublan la vista a menos de un metro de distancia, mares congelados que frenan el paso de los barcos y aviones que apenas traen suministros una vez al mes, los habitantes de los dos asentamientos civiles de la Antártica sólo se tienen los unos a los otros para enfrentar los duros meses de extremo aislamiento invernal.
Uno está en la base argentina Esperanza; el otro, en la chilena Presidente Eduardo Frei. Se llama Villa Las Estrellas y cuenta con escuela, oficina de correos, banco, biblioteca, iglesia y un hospital para las familias de los militares apostados allí.
No se sabe a ciencia cierta a qué debe su nombre este pequeño asentamiento de 14 viviendas fundado en 1984, como un anexo a la base Presidente Eduardo Frei.
Unos dicen que es un homenaje a la estrella que adorna la bandera de la Chile. Otros lo asocian con las lucecitas de las casas que titilan sobre la nieve oscura durante las interminables noches de invierno.
El asentamiento civil tiene una población de 41 habitantes, aunque en verano queda casi vacío cuando las familias de los militares pueden regresar al continente para disfrutar de los meses del verano austral. La base, en cambio, siempre mantiene parte de su contingente.
El pueblo cuenta con dos profesores que imparten clases de primaria.
En el centro escolar, los niños disponen de computadoras y conexión de internet y los adultos pueden depositar su voto durante las elecciones.
El congelamiento del mar en invierno y las malas condiciones climáticas en Antártica prácticamente paralizan el acceso de buques y aviones a esta base.
Las noches llegan a durar 20 horas y las ventiscas son tan intensas que muchos se pierden en la nada incapaces de ver a más allá de sus narices.
En esas condiciones, los residentes de la base a menudo comparten días, si no semanas, encerrados en refugios viendo las mismas caras.
¿Imaginan desayunar, trabajar, comer y cenar con su jefe durante todo el año?, me dice Gonzalo Pazo, capitán de la base antártica Eduardo Frei, en cuanto le pregunto cómo es la vida antártica.
"A diferencia de otro trabajo, donde uno va de 8 de la mañana a 5 de la tarde y luego marca tarjeta y apaga la luz y tiene diversas formas de liberar el estrés, aquí no puedo ir al cine o ir a un gimnasio, eso no existe", reflexiona Pazo.
Para vivir en el continente helado, todos a excepción de los niños, deben pasar pruebas médicas y psicológicas que determinen su aptitud para enfrentar el aislamiento extremo, lo que incluye someterse a cirugía para extirpar el apéndice y así evitar una emergencia médica que en esas condiciones podría ser fatal.
A nivel psicológico, uno de los primeros y más importantes requisitos, cuenta el coronel Carlos Prado, excomandante del departamento antártico del Ejército de Chile, es que uno vaya de forma voluntaria.
"A partir de ahí empieza un proceso que dura tres meses y en el que se realizan exámenes psicológigos muy intensos", un proceso que incluye a las familias.
"Si la esposa entra en una crisis o un proceso depresivo no puede decirle al marido 'vente que te necesito ya', es imposible, así que el proceso de selección va en función de la persona y la familia".
"Debe ser una persona que realmente pueda soportar un año solo, convivir con mucha gente, mantener la disciplina, la jerarquía, trabajar permanentemente".
Los residentes antárticos enfentan estadios emocionales muy diversos a lo largo de su estancia.
"En la primera etapa están todos muy entretenidos y alegres, porque están empezando el tema con entusiasmo, hay luz todo el día. Pero a mitad de año se da una baja en la moral y tienen hasta 20 horas de oscuridad", señala el coronel.
En esas circunstancias, dice el comandante Gonzalo Pazo, hasta la falta de mantequilla para el desayuno puede convertirse en motivo de conflicto.
"Esa irritación no es porque no tenga mantequilla, sino porque estoy empezando a nevarme, como decimos acá. Mi enojo hace que se enoje el otro y el otro y se genera una masa de gente enojada que tenemos que detectar y solucionar en el camino".
Todas estos factores se mitigan con actividades que tienen como fin último combatir el aburrimiento y la rutina, como la gran fiesta de disfraces de solsticio de invierno que todos los residentes antárticos celebran el 21 de junio y en la que participan los habitantes de todas las bases.
Pero uno de los efectos psicológicos más temidos aparece una vez se abandona Antártica. Los militares lo llaman el "síndrome del ermitaño".
Tras pasar un año en la base, explica Prado, el individuo se acostumbra a ser completamente independiente en la administración de su tiempo y retomar contacto con la realidad puede resultar "abrumador".
"Hay que prepararlo, se les dice qué les va a pasar. Cuando vuelve a casa todo se le viene encima: los niños, los parientes, los tíos, la señora que le exige que pase tiempo con ella, los niños".
¿Cómo enfrentan los habitantes del lugar condiciones tan extremas?
Lo cierto es que las nuevas tecnologías juegan un papel central en la forma de vida antártica.
En uno de los refugios de Villa Las Estrellas encontramos a Carolina Cabezas.
Esta profesora de comunicación es una de las mujeres que decidió acompañar a su marido en sus dos años de residencia en la base antártica, llevando consigo a su hijo de apenas año y medio, quien ya sabe caminar sobre la nieve mejor que sus padres.
"Para mí esto fue un gran cambio porque me ardía el corazón de dejar cada día a mi hijo Fernandito para ir a mi trabajo", explica sonriente. "Cuando justo surgió esta oportunidad la aceptamos inmediatamente".
"Creo que de esta forma no me voy a perder sus primeros años de vida, que son los más importantes".
Carolina actualiza constantemente su página de Facebook para mantener al día a su familia y cuenta que su plan es cursar a distancia un Master en escritura de relatos infantiles en la Universidad Abierta de Cataluña, porque quiere escribir cuentos para niños sobre Antártica.
A pesar de las vicisitudes, de las ventiscas que impregnan no sólo los cuerpos sino también las mentes de sus habitantes, muchos en Base Frei y Villa las Estrellas insisten en decir que están viviendo un auténtico romance con el continente helado.
Un universo donde, dicen, cualquier problema vanal se emborrona con la distancia y la nieve, y donde sus habitantes comparten y cooperan sin importar su nacionalidad.
"Existe un antes y un después de haber estado en Antártica", dice el coronel Prado. "La persona que ha estado allá por un año tiene una marca especial en su ser que le lleva a defender, en el buen sentido de la palabra, lo que significa estar en la Antártica".