14 oct. 2011

Irena Sendler, una historia que merece ser contada

La historia de Oskar Schindler es muy conocida gracias la película que Steven Spielberg le dedicó hace años, pero no fue el único. En el Budapest ocupado un diplomático español, Ángel Sanz Briz, evitó la matanza de 5.000 judíos húngaros, a los que hacía pasar por sefarditas mediante una ingeniosa triquiñuela. El caso de Sanz Briz se recuerda hoy en España de un modo desigual: la izquierda no le reivindica porque era cristiano y, para colmo, embajador de Franco; la gente común, cuando sabe de su historia, se conmueve, porque la hombría de bien no entiende de credos ni opiniones políticas. 
Irena Sendler era varsoviana, católica y trabajaba como asistente social en un comedor para indigentes. Si no hubieran los nazis invadido Polonia y exterminado a toda su población judía, su historia personal hubiera sido muy distinta. Con toda seguridad no hubiese pasado de ser una buena persona que ayudaba humildemente a los demás y gózó de una larga vida casi centenaria. Pero le tocó vivir años de infamia y cobardía. Infamia de los verdugos que asesinaron como ratas a seis millones de seres humanos indefensos, cobardía de muchas víctimas y cómplices, que miraron hacia otro lado. Irena no hizo nada especialmente destacable en cualquier otra época, simplemente salvó tantas vidas humanas como pudo. Lo normal, lo que se espera de cualquier persona en sus cabales. Pero, en aquel tiempo, salvar ciertas vidas, vidas que, según los asesinos, no eran dignas de ser vividas, era un privilegio reservado a unos pocos valientes que miraron a la fiera de frente y la desafiaron con mucho que perder y el cielo por ganar. 
Cuando los alemanes ocuparon Polonia, lo único que tenían claro es que no querían ver más a los tres millones largos de judíos que la habitaban. Como medida preliminar, antes de decidir qué hacían con la comunidad, importaron el régimen de apartheid que habían instaurado poco antes en Alemania. Se les marcó como a ganado y, uno a uno, fueron apartados de la nueva sociedad aria, donde los polacos tenían reservado el papel de mera comparsa servil, eternos esclavos de la raza superior. Los judíos perdieron sus trabajos y su prestigio social; a ello contribuyó, y mucho, el larvado antisemitismo de los países del este de Europa. Polonia no era una excepción, y en sólo unos meses los judíos se convirtieron en unos parias despojados de todo derecho y dignidad. Irina Sendler, una joven de apenas 30 años y polaca al 100%, no era antisemita. 
Había tenido problemas en la universidad por protestar públicamente contra la segregación de los judíos. Sus principios, pocos pero muy bien asentados, eran de una simpleza total, y se resumían en ayudar a quien lo necesitase y tener bien presente que lo único que separa a los buenos de los malos son los actos de cada cual; no la raza, no las riquezas. Si los hunos y loshotros que atormentaron el siglo XX hubieran participado de este principio tan elemental, nos hubiésemos ahorrado los genocidios de nazis y bolcheviques. 
El primer año de la ocupación lo dedicó a facilitar a familias judías ropa, comida y todo aquello que no podían conseguir por culpa de la discriminación de que eran objeto. Utilizaba los comedores sociales. Les procuraba alimentos y, si podía, falsificaba las cartillas para que pasasen por polacos católicos y así pudiesen beneficiarse de la caridad munipal. Un año después de la invasión, los nazis ya habían decidido qué hacer con la judería polaca: encerrarla en guetos, para que muriera de inanición y enfermedades. En octubre, casi medio millón de personas, el 30% de la población de Varsovia, fue confinada en un espacio minúsculo, tapiado y vigilado las 24 horas del día. Cien mil personas murieron de hambre o a causa de infecciones durante sus tres años y medio de existencia. El resto fue enviado a los campos de exterminio de Treblinka, un sobrecogedor matadero donde se ejecutaba en el acto a los recién llegados, sin importar edad, sexo o condición. 
La máquina de matar nazi siempre fue sorda, ciega y muda: tal vez por eso era tan diabolicamente eficaz. Irena, como polaca, vivía fuera del gueto y sabía cuál iba a ser el destino de aquella pobre gente. Veía salir los carretones con cadáveres y partir los primeros trenes hacia el crematorio. 
Ella sola poco podría hacer, pero como la vida de un solo ser humano ya es valiosa, se decidió a solicitar un permiso para trabajar dentro del gueto como enfermera, para estudiar los brotes de tifus que estallaban debido a las pésimas condiciones higiénicas que reinaban allí. Los alemanes, en su línea de no mirar a la cara de sus víctimas, procuraban no entrar y delegar todas las tareas en polacos y, a veces, en judíos que aspiraban a conseguir un minuto extra de vida. Una vez dentro, 
Irena se concentró en los niños, que –además de ser niños y, por tanto, un tótem sagrado que ningún guerrero debe tocar– eran más fáciles de escamotear en el carromato con el que entraba en el gueto. Contactaba con las familias y les pedía sus hijos. Dura prueba por la que muchos tuvieron que pasar. 
No les volverían a ver, pero si iban con Irena podrían sobrevivir. El de Irena fue durante un año el carro de la vida. Quien subiese a él a viviría, quien quedase en tierra moriría. Día a día, semana a semana, la falsa enfermera fue recogiendo niños como el flautista de Hamelin y escondiéndolos en sacos o debajo de las herramientas de trabajo. 
Adiestró a un perro para que, al pasar por los controles de salida, ladrase furioso a los soldados alemanes. Éstos, que no se las querían ver con el chucho, ni se acercaban. Cada vez que ese carro salió por la puerta del gueto, una o varias vidas jóvenes, inocentes, volvían a nacer. Si los guardias sospechaban, mudaba de engaño. 
Llegó a sacar niños dentro de ataúdes, en bolsas de basura y a través de una iglesia que tenía dos puertas: una daba al gueto y otra, la principal, a la ciudad. Los niños entraban judíos y andrajosos y salían repeinados y católicos. Cualquier cosa era buena con tal de sacarles de un lugar donde su esperanza de vida podía contarse en semanas, tal vez días. 
Una vez fuera, cambiaba el nombre a todos los niños por uno católico y se los entregaba a familias polacas, monasterios y orfanatos. Para que, llegado el momento, pudieran recuperar sus antiguos nombres fue apuntando las correspondencias en un papel que escondió en un frasco que enterró bajo el manzano que su vecino tenía en el jardín. Sus contactos en la Resistencia hicieron el resto. Fabricaron indentidades falsas para cada niño, borrando todo vestigio de su pasado en el gueto. El 20 de octubre de 1943 concluyó su prodigiosa aventura en una comisaría de la Gestapo. 
La torturaron, la rompieron a palos los pies y las piernas, fue condenada a muerte. Pero no delató a nadie y, lo más importante, no reveló el paradero de los niños, que a esas alturas estaban repartidos por media Polonia. Cuando se dirigía al paredón, el soldado que la custodiaba le gritó: "¡Corre!". Y corrió, esquivando así una muerte segura e injusta. 
Al terminar la guerra, el nuevo Estado polaco no reconoció sus méritos. Era sólo una "amiga de los judíos" perseguida por sus relaciones con el Gobierno polaco en el exilio, el legítimo, no el fantoche soviético que colocó Stalin en Varsovia. A partir de ahí llevó una vida gris y anónima. Nadie sabía quién era y, mucho menos, lo que había hecho por 2.500 niños durante la guerra. Fue Israel la que le sacó del anonimato. 
En 1965 el Yad Vashem, conocedor de su historia por algunos de los sobrevivientes que habían sido enviados a Palestina, la nombró Justo entre las Naciones. Pero habrían de pasar casi 40 años para que fuera reconocida en su patria. 
En 2003, el presidente Alexander Kwasniewski la condecoró con la orden del Águila Blanca, la más prestigiosa de Polonia. En 2007, con 97 años, el presidente Lech Kaczynski la postuló como candidata al Nobel de la Paz. Los noruegos, sin embargo, se decantaron por Al Gore, un farsante cuyo único merecimiento era un documental lleno de mentiras. Un año después, Irena Sendler murió en paz en un asilo de Varsovia, admirada por todos. Pero Irena nunca esperó reconocimientos. "Yo no hice nada especial, sólo hice lo que debía, nada más", le dijo a un periodista español hace tres años. "Cada niño que salvé es la justificación de mi existencia en la Tierra y no un título de gloria", recordaba a los parlamentarios polacos. Para enmarcar. Y es que, como decía Thoreau, la bondad, pasen los años que pasen, es la única inversión que nunca quiebra.
 

13 oct. 2011

Fallecio Dennis Ritchie, co-fundador de Unix y creador de el lenguaje “C”

Dennis MacAlistair Ritchie (9 de septiembre de 1941 – 12 de octubre de 2011) fue un científico computacional estadounidense. Nació en Bronxville (Nueva York) el 9 de septiembre de 1941. Obtuvo dos grados en Harvard, en física y matemática aplicada. Colaboró en el diseño y desarrollo de los sistemas operativos Multics y Unix, así como el desarrollo de varios lenguajes de programación como el C, tema sobre el cual escribió un célebre clásico de las ciencias de la computación junto a Brian Wilson Kernighan: El lenguaje de programación C.
En 1967 entró a trabajar en los Laboratorios Bell, donde participió en los equipos que desarrollaron Multics, BCPL, ALTRAN y el lenguaje de programación B. En Lucent encabezó los esfuerzos para la creación de Plan 9 e Inferno, así como del lenguaje de programación Limbo.
Recibió el Premio Turing de 1983 por su desarrollo de la teoría de sistemas operativos genéricos y su implementación en la forma del sistema Unix. En 1998 le fue concedida la Medalla Nacional de Tecnología de los Estados Unidos de América. El año 2007 se jubiló, siendo el jefe del departamento de Investigación en software de sistemas de Alcatel-Lucent. Ritchie es conocido sobre todo por ser el creador del lenguaje de programación C y cocreador, junto con Ken Thompson, del sistema operativo Unix.
También fue coautor junto con Brian Kernighan del manual “El lenguaje de programación C”, que durante años fue el estándar de facto del lenguaje (conocido como K&R C), hasta la aparición del ANSI C. Estas aportaciones han convertido a Ritchie en un importante pionero de la informática moderna.
El lenguaje C aún se usa ampliamente hoy día en el desarrollo de aplicaciones y sistemas operativos, y ha sido una gran influencia en otros lenguajes más modernos como el lenguaje de programación Java.
Unix también ha sentado las bases de los sistemas operativos modernos, estableciendo conceptos y principios que hoy son ampliamente adoptados.

 

10 oct. 2011

Fumar cannabis aumenta el riesgo de desarrollar síntomas depresivos, según una investigación realizada por el Behavioural Science Institute de la Radboud University Nijmegen, en Países Bajos, y publicada 'on line' en 'Addiction Biology'. 
Dos tercios de la población tienen variantes genéticas asociadas a la depresión. El cannabis aumenta el riesgo de desarrollar esquizofrenia y psicosis. Además, se creía que podía aumentar el riesgo de desarrollar una depresión, pero no existían evidencias claras sobre esta relación hasta la fecha. 
El investigador Roy Otten, del Behavioural Science Institute de la Radboud University Nijmegen, sospechaba que esta falta de evidencias sobre el uso del cannabis y la depresión se debía, en parte, a que anteriores investigaciones olvidaron considerar la vulnerabilidad genética individual frente a la depresión. Para realizar su investigación, 
Otten recogió, durante un periodo de cinco años, datos de un total de 428 familias y de sus hijos adolescentes. Cada año, los niños respondían un cuestionario sobre temas como sus conductas y síntomas depresivos. Asimismo, se determinó en esta muestra la variante del gen de la serotonina (5-HTT) responsable del aumento de la vulnerabilidad a desarrollar depresión.
En jóvenes con una variante especial del gen, el consumo de cannabis llevó a un aumento de los síntomas depresivos. "El efecto es fuerte. Permanece, incluso si se tiene en cuenta otra serie de variables que podrían causar este efecto, como el tabaquismo, el alcohol, la educación, la personalidad o el estatus socioeconómico", dice. "Algunas personas pueden pensar que los jóvenes con una predisposición a la depresión podrían comenzar a fumar cannabis como una forma de automedicarse y que la presencia de los síntomas depresivos es, por tanto, la causa del uso del cannabis", señala. Sin embargo, según el investigador, "a largo plazo, definitivamente, este no es el caso". "Aunque el efecto inmediato del cannabis puede ser agradable y causar un sentimiento de euforia, a largo plazo hemos observado que el consumo de cannabis lleva a un aumento de los síntomas depresivos en los jóvenes con un genotipo específico", concluye 

 

Un poco más cerca de encender la tele con el pensamiento

No tienes que ser un personaje de ciencia ficción para mover objetos con tu mente. 
Tampoco pretendas sacar de un pantano a una nave espacial como lo hizo Yoda en el "Imperio contraataca" de la Guerra de las Galaxias. 
Sin embargo, sí es posible que controles con tu mente un automóvil de juguete a distancia, que conduzcas una silla de ruedas y que guíes el caparazón de un robot. "Lo primero que tienes que hacer es despejar tu mente para que llegues a un punto en el que no pienses en nada", señaló Ed Jellard, un joven con un título un tanto estrafalario: inventor en jefe. 
Nos encontramos en una de las salas de pruebas del laboratorio de Tecnologías Emergentes de IBM, en Winchester, Inglaterra.  En mi cabeza tengo una especie de auriculares o casco que parece un calamar de plástico negro. Sus 14 tentáculos, cada uno cubierto con un eléctrodo humedecido, tienen como objetivo detectar señales cerebrales específicas.  Al frente de nosotros hay una pantalla de una computadora que muestra la imagen de un cubo que flota. A medida que pienso en empujarlo, el cubo responde moviéndose a la deriva. Es importante admitir que el sistema requirió de un proceso de entrenamiento para llevar a cabo esa única tarea. Sin embargo, ya aprendió a asociar un pensamiento determinado con un movimiento en particular. 
Los auriculares, que fueron desarrollados por la compañía australiana Emotiv para la industria de los juegos, no son nuevos. Pero es recién ahora que las compañías como IBM están empezando a aprovechar la riqueza de la información que esos dispositivos pueden proporcionar. Por medio de software desarrollado internamente, los investigadores han comenzado a vincular los auriculares de Emotiv con elementos como un vehículo de juguete, un interruptor de la luz y un televisor. Las señales de control provienen de dos fuentes principales: electroencefalografías para medir la actividad cerebral y lecturas de los impulsos nerviosos que viajan hacia los músculos. 
Nuevas técnicas para procesar ese tipo de información permite que se desarrollen aplicaciones sofisticadas para el mundo real. El equipo de programadores ya ha usado el sistema para ayudar a un paciente con el síndrome locked-in, que consiste en un desorden neurológico en el que se preserva la conciencia, pero que en el que hay parálisis corporal, excepto en los ojos. Se trata de un síndrome en el que una mente saludable y activa queda atrapada en un cuerpo que no se puede mover, tras sufrir un derrame cerebrovascular. "Vinculamos los auriculares al software de IBM. Cuando el paciente empujó el cubo en la pantalla, fue como si le hubiese hecho un clic al ratón de la computadora. Fue capaz de usar el ordenador", señaló Kevin Brown, de IBM. 
Muchas tecnologías relacionadas con el control mental están diseñadas para ayudar a restaurar la habilidad física en quienes la han perdido. En la Escuela Politécnica Federal de Lausanne (EPFL), en Suiza, los investigadores han utilizado una interfaz que conecta el cerebro con la computadora para crear sillas de ruedas y robots que pueden ser controlados desde la distancia a través del pensamiento. 
"Un paciente incapacitado que no puede moverse puede, en cambio, navegar como un robot alrededor de su casa para participar en la vida social de la familias", explicó el profesor Jose del Millan. "Para hacer eso, un casco detecta la intención de algunos movimientos físicos y los traduce en acciones". 
La compañía japonesa Cyberdyne está ayudando a personas que no pueden caminar a recuperar su movilidad, al "vestirlos" con un traje robótico llamado Hal. Así como IBM utiliza la información que proviene de los impulsos nerviosos, en lugar de la que procede de las ondas cerebrales, Cyberdyne utiliza pequeños sensores en las extremidades para medir la intención de moverse de las personas, independientemente de si la acción física es imposible. El cuerpo del robot responde moviendo sus brazos y sus piernas. 
Cámaras conectadas a internet y pantallas de computadoras permiten que el usuario pueda pilotear la máquina y comunicarse con sus amigos y familiares a través de su cuerpo robótico. 
Pero el ámbito médico no es el único que se ha visto beneficiado por este tipo de tecnologías. La EPFL ha trabajado junto al fabricante de vehículos Nissan para desarrollar un vehículo inteligente que puede usar información procedente de las ondas cerebrales. Equipado con numerosos sensores externos y cámaras, los sensores que captan las ondas cerebrales leen lo que el piloto está planeando hacer. Una vez anticipadas sus intenciones, el automóvil actúa sin que haya desperdicio de tiempo a la espera del movimiento físico. Para aquellos que prefieran ejercer el poder de empujar el pedal, Toyota está trabajando con Saatchi & Saatchi, Parlee Cycles y DeepLocal para desarrollar una bicicleta, cuya palanca de cambios está basada en los pensamientos del ciclista. 
Los auriculares y los cascos ofrecen opciones sencillas y baratas para adentrarse en la mente. Pero hay otras técnicas, más invasoras, que se han desarrollado. En el Instituto de Ciencia Cerebral Brown de Estados Unidos, los científicos están ocupados insertando chips en el cerebro humano. La tecnología, llamada BrainGate, envía las órdenes mentales directamente a una computadora. Las personas todavía tienen que estar físicamente "conectadas" a una computadora a través de cables que salen de sus cabezas al estilo de la película The Matrix. Sin embargo, el equipo está trabajando en hacer chips miniaturas y en hacerlos inalámbricos. BrainGate está explorando los resultados de sus estudios para controlar el cursor de una computadora, el teclado táctil de una pantalla o incluso manipular brazos robóticos. Tras hacer pruebas con monos, los científicos han comenzado a hacer ensayos con personas. 
El investigador John Donoghue espera que un día su estudio ayude a personas con lesiones en la médula espinal o con el síndrome locked-in a volver a caminar con tan solo pensar en mover sus extremidades. Pero extraer información del cerebro, ya sea con sensores internos o externos, es sólo una parte de la historia. Gran parte de los esfuerzos de la investigación actual tiene en la mira procesos que permitan usar eficientemente los vastos torrentes de información que el cerebro produce. 
Convertir los pensamientos análogos en información digital unirá directamente a los seres humanos con redes de información electrónica como internet. El cerebro se convierte en otro sensor para ser analizado e interrogado. 
Y a medida que las técnicas se vuelven más sofisticadas, la tecnología irá más allá de un simple dispositivo de control. "A la gente le gusta la información", explica Ed Jellard de IBM. "Si puedes ver patrones de información, las personas más curiosas estarán más interesadas en ver lo que pasa en sus cerebros y cómo va cambiando con el paso del tiempo". "Yo estaría interesado en saber si mi cerebro se está volviendo más fuerte y si mis pensamientos son más intensos. Las cosas así pueden ser más útiles". Mientras es posible traducir ondas cerebrales en información que puede ser procesada por máquinas, siempre habrá algo único y especial sobre las señales que se producen dentro de nuestros cráneos. 
No son iguales a rayos láser en un cable de fibra óptica o a electrones en una computadora. Intervenir en la mente siempre desatará preguntas filosóficas y éticas, indicó el profesor Noel Sharkey. "Una vez el ámbito militar pueda conseguir algo, impulsará (la tecnología) con contundencia", señaló el experto.
 "En estos momentos, están llenando el espacio aéreo de Afganistán con aviones no tripulados que sólo una persona controla, pero si consiguen cascos lo suficientemente desarrollados, serán capaces de controlar un número de aviones o de robots de combate directamente con sus pensamientos". También hay preguntas sobre las variantes que se introducirán en las actividades delictivas del ciberespacio. "Imagínese que tiene en su cabeza una clase de dispositivo computacional inalámbrico para ejercer control mental. ¿Qué pasaría si alguien lo hackea? ¿Qué podrían hacerle a usted y a su propiedad?", reflexionó el profesor Sharkey. "¿Y qué si lo obligan a llevarlo y otra persona controla sus pensamientos, forzándolo a hacer cosas?" 
Las posibilidades, ambas positivas y negativas, son literalmente alucinantes

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