24 jun. 2010

El mito de Gardel sigue vivo en Medellín

Su lugar de origen es tema de disputa entre tangueros e historiadores, que argumentan, según el caso, a favor de la francesa Toulouse o la uruguaya Tacuarembó, o incluso sacan a relucir su niñez en la capital argentina, Buenos Aires.
Su muerte trágica, en cambio, ató su nombre y su arte a una única ciudad: Medellín, Colombia. Aquí se estrelló el avión que llevaba de gira a la gran voz del tango, el cantante Carlos Gardel.
Ocurrió un 24 de junio, hace 75 años. El músico dejó trunca una carrera estelar, con alrededor de 1.000 canciones grabadas en su voz engolada y 11 películas - auténticos “musicales tangueros” rodados en Hollywood- en las que construía cuidadosamente su personaje: pelo engominado, traje impecable, sombrero de ala.
Y hasta ahí llegan las certezas. Difundido en titulares catástrofe por periódicos de todo el mundo, su final fue objeto de especulaciones tales que, en su tiempo, opacaron incluso a los debates sobre su nacimiento.
Según el informe oficial de las autoridades colombianas, un inesperado viento de cola sacudió el trimotor en el que iba Gardel hacia Bogotá, hasta hacerlo chocar con otra aeronave en la pista del aeropuerto Olaya Herrera: una colisión de moles metálicas, un estruendo seguido de incendio que conmovió a los vecinos del barrio.
Sin embargo, en las charlas de bar, las teorías y elucubraciones abundan. Hay un sector –amplio, hay que decirlo- que aún hoy sostiene que entre los pilotos de los dos aviones había una rivalidad tan grande que el choque fue provocado por aquel no había tenido “el privilegio” de llevar a bordo a la estrella del tango.
Otra teoría, igualmente descabellada, sugiere que en realidad la disputa fue entre Gardel y su letrista, Alfredo Le Pera –una suerte de dupla Lennon-McCartney del tango- y que en el interior de la avioneta se dio una discusión acalorada seguida de un disparo que hizo perder el rumbo a la nave.
Los sobrevivientes no lograron explicar los detalles del día fatídico. Tal ha sido el misterio que algunos aquí incluso aseguran que el Morocho del Abasto –el barrio de su niñez porteña- no quedó calcinado entre los hierros, sino que murió de viejo en alguna calle de Buenos Aires.
Lo cierto es que Gardel, la estrella que sacó el tango del suburbio rioplatense para llevarlo de gira por el mundo, se quedó en Medellín para siempre. Cuando murió el hombre, sin demora cobró vida el mito.
Medellín se volvió el centro del furor tanguero en el extremo norte de Sudamérica. Una fiebre que se alimentó con las migraciones internas y con el aire arrabalero del barrio de Guayaquil, por entonces puerto seco de la ciudad.
Pero, sobre todo, se alimentó de Gardel, antioqueño por adopción póstuma.
“La muerte de Gardel fue, de alguna manera, el primer evento internacional de esta ciudad. Trágico, pero histórico. Eso dejó unas raíces muy fuertes”, opina César Arteaga, gerente del Salón Málaga, uno de los reductos que fue testigo del frenesí milonguero de los años ‘50.
Entre aguardientes y tintos, las tertulias musicales transcurren junto a las mesas de billar. Aquí atesoran unos 7.000 discos y una colección envidiable de tangos en formato de 78 RPM.
“La gente más vieja, que le tocó el accidente, contó muchas cosas sobre lo que pasó ese día y lo que pasó después. Venía a los bares con esas historias y los demás querían también contar lo suyo, hacer parte de mitología y escuchar las canciones de Gardel”, agrega Arteaga.
En el aeropuerto Olaya Herrera, donde Gardel se “tostó” junto a otras 14 personas en 1935, sólo queda un monumento de líneas simples y estética de cómic, en el que Gardel toca guitarra y canta con la mirada al cielo.
ampoco en el cementerio de San Pedro quedan demasiados rastros: allí donde el músico estuvo enterrado seis meses, antes de su traslado a Buenos Aires para un sepelio multitudinario en el cementerio de Chacarita, hoy yace una tal Olga Villa.
En 1995, los administradores de la necrópolis emplazaron una placa de mármol en uno de los pasillos para indicar la ubicación de la que fue la tumba de El Zorzal Criollo –tal su apodo- por poco tiempo.
Donde la memoria del músico sigue viva es en la Casa Gardeliana: una “casa-museo” popular fundada por don Leonardo Nieto, argentino residente en Antioquia desde hace casi medio siglo.
Entre el estruendo del tránsito de la carrera 45, en el barrio de Manrique, la Casa supo albergar regularmente las mejores noches de milonga y conciertos. Hoy es más bien un rincón para la nostalgia, repleto de recuerdos tangueros de aquí y de allá.
“Nosotros abrimos una convocatoria para que la gente enviara recuerdos que tuviera de Gardel. Y nos han llegado dientes que la gente afirma que eran de él, tantos que nos alcanzan para hacer tres cajas de dientes”, revela Catalina Lopera, directora del lugar.
Cuenta, además, que hasta allí llegan gardelianos fanáticos a pedir milagros ante la foto del hombre que será apuesto para siempre, sonrisa congelada, juventud eterna.
El Zorzal santo y milagrero es también parte del mito que la muerte ayudó a construir. Aunque desde hace más de siete décadas se mudó para siempre a Buenos Aires, Gardel sigue vivo en las calles de Medellín.
Como los porteños, en Antioquia también aseguran que cada día canta mejor.
Uno de sus temas que para mi es de los inmortales de Gardel....





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