9 jun. 2008

La guerra del Arroz


Para nadie es novedad los altos precios del arroz, los porotos, lentejas y similares hoy por hoy, las causas pueden ser mucho mas complejas de lo que podemos imaginarnos en una primera mirada, algunos datos para que ustedes mismos decidan…
A finales del mes de abril se vivió una situación insólita en una de las divisiones de venta al por mayor del gigante comercial estadounidense Wal-Mart. «Debido a la disponibilidad limitada de arroz estamos restringiendo la compra según su historial previo», rezaba un cartel junto a una de las variedades de arroz en venta, basmati, importado de la India, el principal productor del mundo. La venta se limita a cuatro bolsas por cliente. Nueve kilos cuestan 10 euros.
La advertencia de Wal-Mart es sólo un medida preventiva para evitar, señala la compañía, que las reservas se agoten. Ni en EEUU ni en Europa hay un problema de escasez de este alimento esencial para una gran parte de la población mundial. Sin embargo, en 37 países, especialmente africanos y asiáticos, el incremento de su precio y de otros cerales está provocando una grave situación de escasez, señala la FAO.
En los primeros meses de 2008 el precio del arroz ha aumentado un 68% y se ha convertido en el símbolo de la mayor crisis alimentaria que sufre la humanidad desde hace décadas. El aumento del 77% que sufrió en 2007 el precio de los cereales fue ya entonces el mayor hasta la fecha. La FAO se refiere a la crisis como «un tsunami silencioso».
En distintos puntos del planeta se han registrado revueltas por el elevado precio de los alimentos. «Estamos hambrientos», coreaban los manifestantes en los recientes disturbios registrados en Haití. Los ciudadanos del país más pobre de América Latina se lanzaron a la calle y provocaron la dimisión del primer ministro. En Tailandia y Pakistán, el Ejército protege los almacenes de alimentos para evitar el saqueo.
La crisis representa un enorme desafío a la globalización. Afecta a varios sectores, comprende distintas causas y clases sociales —no únicamente las más desfavorecidas, también a la emergente clase media de las economías en vías de desarrollo— y, por primera vez desde la década de los 70, surge en varios países de forma simultánea.
No es un problema puntual sino estructural, que afecta a los cimientos del sistema. Se señalan varias causas principales: el aumento de la demanda en mercados emergentes como China o la India; la falta de apoyo al desarrollo agrícola y la política errónea mantenida durante décadas hacia el campo, perjudicado en favor del crecimiento urbano; los límites a las exportaciones establecidos por algunos de los principales productores; el excesivo coste humano y económico que representa el cultivo de algunas fuentes de biocombustibles, como la caña de azúcar o el maíz, cuyo impacto en el incremento del precio de los alimentos se estima entre el 5% y el 15%, y el aumento del coste del petróleo, en máximos históricos.
El patrón de la crisis no es el de un hambruna puntual, sino el de un conflicto complejo que cuestiona el modelo de desarrollo y crecimiento globales. En países como China, por ejemplo, la transición nutricional, es decir, la adopción de hábitos alimenticios propios de países desarrollados, ha provocado un aumento del consumo de carne y productos lácteos. Al margen de las consecuencias que pueda tener para la salud, el cambio implica un incremento de la demanda de cereales para alimentar al ganado. Es otra de las causas del aumento de los precios.
Otro problema es el incremento del coste de los fertilizantes, que agrava las dificultades que afrontan los agricultores y ha provocado, por ejemplo, que agricultores de África oriental abandonen sus cultivos. En otras regiones la cosecha ha sido histórica, otra de las paradojas de la crisis. El sistema agrícola no está preparado para afrontar la crisis tras décadas de olvido y falta de inversión, como denuncia el Banco Mundial. Entre 1980 y 2004 la inversión pública en el sector se redujo a la mitad.
El aumento de los precios también pone al descubierto las tensiones latentes entre las economías emergentes. Brasil, por ejemplo, impulsa el cultivo de biocombustibles como fuente de riqueza y hace proselitismo de ello en África, a pesar del coste medioambiental y humano que supone y la carencia de alimentos esenciales en el continente. No es el único punto de fricción.
Numerosos gobiernos han respondido a la crisis cerrando sus mercados para asegurar las reservas, suscitando protestas de los organismos comerciales internacionales y de otros países perjudicados por la medida. Algunos sectores también abogan por la generalización de los cultivos transgénicos para asegurar cosechas abundantes, como parte de una nueva 'revolución verde', pero cuentan con la oposición de los ecologistas.
El aumento de los precios, al mismo tiempo, tampoco es unánimente criticado. En la lista de los principales productores de arroz destacan países como Indonesia, Bangladesh o Vietnam, respectivamente el tercero, el cuarto y el quinto a escala mundial, según las estadísticas de la FAO. El auge de las materias primas para consumo alimenticio puede suponer una oportunidad para los agricultores, sostienen algunas voces.
«Es un momento crucial», señala un productor de arroz tailandés en 'The Economist'. «Contará la historia de quiénes sobrevivirán y quiénes no».
«Si los precios de los alimentos siguen aumentando, cientos de miles de personas van a morir de hambre», advierte el director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn. El espectacular incremento del coste del arroz, el maíz o la harina está creando situaciones insostenibles en los países en desarrollo, que tienen auténticos problemas para abastecer a su población. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) necesitará unos 400 millones de euros para hacer frente de forma urgente a la necesidad de comida. En Haití, Egipto o Camerún, decenas de personas han muerto en los algaradas provocadas por las llamadas 'revueltas del pan'. Se avecina un periodo de inestabilidad social marcado por el hambre.
Con el saco de arroz y el de harina por las nubes, muchos ciudadanos de países en desarrollo no han visto otra solución que salir a la calle. La espectacular subida de los productos básicos tiene en jaque a decenas de gobiernos mientras la inestabilidad y la incertidumbre son el pan de cada día. A mediados de abril se produjo en Haití la primera caída de un Ejecutivo motivada por el actual alza de precios. La paz social de 37 países está en juego con los llamados motines del hambre.
El coste de los alimentos ha subido un 48% desde finales de 2006. Esta situación amenaza con crear una emergencia alimentaria global. Los pocos logros que hasta ahora se habían conseguido en la lucha contra la pobreza parecen perderse en un océano de miseria. Todo ello, en medio de la crisis económica global que ya se percibe en los mercados. Así, líderes políticos, organismos internacionales y ONG están realizando serios llamamientos para abordar cuanto antes el problema del incremento de los precios de los productos básicos.
«Vamos hacia un periodo muy largo de motines, de conflictos, de oleadas de inestabilidad regional incontrolables, marcado a fuego vivo por la desesperación de las poblaciones más vulnerables», subraya Jean Ziegler, relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación. «Un niño de menos de 10 años muere cada cinco segundos y 854 millones de personas están gravemente subalimentadas en el mundo», recuerda.
Los precios y la escasez han multiplicado la violencia. Los disturbios ya han prendido en países como Egipto, Haití, Mauritania, Camerún, Burkina Faso, Pakistán, Indonesia, Tailandia, Filipinas, Perú o México.
En Egipto, las calles son el escenario de la revuelta del pan. El encarecimiento de los precios de la harina ha provocado que encaminarse cada mañana a la cola del pan sea un hábito peligroso. Una decena de personas ha muerto en las colas de las panaderías en los primeros meses de 2008. El país importa la mitad de la harina que consume y su precio se ha triplicado desde el verano. El Gobierno subvenciona este producto para producir la tradicional torta de pan redonda tan típica del país árabe. Con la subida del precio del aceite, el arroz, la pasta o el azúcar, el pan acapara el menú. Tan indispensable es este alimento en la mesa egipcia que la palabra para designarlo en árabe es 'aish', que también quiere decir «vida». A cinco piastras la torta —no llega a un céntimo de euro—, el pan es la principal fuente de calorías del 40% de la población que vive bajo el umbral de pobreza, con unas 10 libras egipcias —poco más de un euro— al día.
La oposición egipcia ha llamado a la convocatoria de huelgas generales «contra la pobreza y el hambre». El Gobierno de Hosni Mubarak huele el peligro de ser derribado por una ola de contestación social y ya ha puesto medidas para intentar paliar la crisis. Como siempre, ha acudido al Ejército. Mubarak ha movilizado a la tropa para que produzca y distribuya pan, utilizando parte de las panaderías que controlan los militares para suplir a sus propios soldados.
En la retina de muchos egipcios permanecen los disturbios de 1977, cuando las fuerzas de seguridad dispararon a los manifestantes que protestaban por la retirada de los subsidios a los alimentos. En los últimos 20 años, la población se ha duplicado y se ha producido una abrumadora emigración del campo a la ciudad.
En Corea del Norte, las malas cosechas y los problemas endémicos han provocado una crisis alimentaria. La hambruna puede ser una de las peores desde la que afectó al país estalinista en los años 90 y en la que murieron cientos de miles de personas. Las inundaciones, los altos precios de las materias primas y los problemas políticos con su mayor donante, Corea del Sur, son las principales razones.
Según el PMA, 6,5 millones de norcoreanos ya se enfrentan a escasez de alimentos. El director del programa en el país asiático, Jean-Pierre Margerie, ha dicho que la Administración ha admitido que, por primera vez, se han visto obligados a reducir o suspender las raciones. «Se está formando una especie de tormenta perfecta», anticipaba Margerie.
Los países del Sureste Asiático trabajan contrarreloj para solucionar la crisis del arroz. En Filipinas —el mayor importador de este cereal— se impedirá la reconversión de tierras en otra cosa que no sea el cultivo de arroz para asegurar el abastecimiento de grano y evitar disturbios sociales. Tailandia, uno de los mayores productores, impondrá cuotas a sus exportaciones para garantizar la demanda doméstica, mientras despliega al Ejército para guardar los campos.


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