15 ene. 2008

Alfred Russel Wallace

Si hablamos la Teoría de la Evolución y de la Selección Natural, la gran mayoría de quien esté escuchando asociará inmediatamente el nombre de Charles Darwin a ella. Alfred Russel Wallace, sin embargo, es uno de los grandes olvidados de esta gran teoría. Y quiero que sea el protagonista en nuestra historia de hoy.
Nacido el año 1823 en Usk, una pequeña localidad inglesa próxima a frontera con Gales, era de origen humilde y se abrió camino hacia las ciencias naturales con dificultad. Inspirado por personajes como Alexander von Humboldt, Charles Darwin o William Henry Edwards decidió hacer grandes viajes.
En 1848 hizo una expedición al Amazonas recogiendo insectos, observando y tomando nota de toda la fauna y flora, gentes y lenguas del lugar. En 1852 regresó a Inglaterra pero el barco se incendió y perdió casi toda su colección. Como apenas tenía dinero, para sobrevivir, tuvo que vender los remanentes de lo que no se había quemado.
Aunque había perdido todas sus notas, escribió seis tratados. En uno de ellos explicaba cómo vivían los simios en de libertad. De hecho, fue el primer europeo que los observó en libertad.
En 1854 navegó la península de Malaya y las islas del este de la India y se sorprendió de la gran diferencia entre los animales que había en Asia y Australia. Más tarde, cuando escribía sobre este tema, trazó una línea que seguía un canal de agua profunda y que pasaba entre las grandes islas de Borneo y Célebes y entre las más pequeñas de Balí y Lombok. Todavía hoy se la conoce como “Línea de Wallace“. Hoy sabemos que esa línea coincide con la unión de dos placas tectónicas y claro, es una frontera natural que separa los animales derivados de Asia de los que evolucionaron en Australia. Muy observador, ¿verdad?
Le pareció que los animales de Australia eran más primitivos que los de Asia y lo justificó diciendo que en Australia habían sobrevivido tanto porque se habían separado de Asia antes que las especies de esta última se hubiesen desarrollado. Todos estos detalles le llevaron a pensar sobre la evolución de las especies a través del mecanismo de la selección natural. Además, curiosamente (o no tanto), también había sacado las ideas de Malthus, igual que el mismo Darwin.
En febrero de 1858, mientras soportaba un ataque de fiebre en la isla de Gilolo, escribió todas sus ideas en dos días y se las envió a Charles Darwin, que debió quedar perplejo. Le contestó en una carta a Wallace:
Con respecto a su sugerencia de un esbozo de mi punto de vista, no sé qué pensar, pero reflexionaré sobre ello; sin embargo, va en contra de mis prejuicios. Realizar un boceto adecuado sería absolutamente imposible, dada la gran colección de hechos que exige cada proposición. Si hiciera algo, sólo podría referirse al principal agente del cambio, la selección, y quizá señalar unos pocos rasgos directivos que sancionan dicho punto de vista, y unas pocas de las principales dificultades. Pero no sé qué pensar: antes bien, odio la idea de escribir por conseguir la propiedad; sin embargo, por supuesto, me irritaría que alguien publicara mis doctrinas antes que yo.
Esta es una de aquellas épocas en que dos personas llegan a las mismas conclusiones de forma independiente. La ciencia y la sociedad (quizás la sociedad no tanto) están preparadas para la entrada de una nueva revolución científica.
Darwin nunca quiso ocultar a Wallace. Todo lo contrario. En 1858 y, a petición suya, lo arregló todo para que el artículo de Wallace se publicara en el Journal of the Proceedings of the Linnean Society, junto con unos materiales suministrados por él mismo. Fue firmado por los dos, en orden alfabético. Podrían haber surgido problemas y recelos por la autoría de la idea pero, por el contrario, fue una ejemplar forma de comportamiento y honestidad de los grandes científicos … y de los grandes hombres.
Aun así, el camino, en lo que a ciencia se refiere, se separó entre los dos. Mientras que Darwin pasó a ser agnóstico, a hacer experimentos para corroborar la idea de la evolución y la selección natural y a poner al hombre como uno más en la escala evolutiva, Wallace nunca pudo creer que el hombre había evolucionado de animales inferiores e intentó distinguir entre cuerpo y alma.
Es posible que el punto de partida fuese el nulo pensamiento racista de este hombre. Por aquellos tiempos se consideraba que había diferentes clases de hombres y que unos “eran más que otros”; que unos tenían más capacidad e inteligencia que los otros. Por supuesto, los mejores y los elegidos eran quienes afirmaban esto mientras que el resto eran los esclavos. En ese contexto, Wallace defendió la casi igualdad de la capacidad intelectual innata de todas las personas y que la selección natural, en realidad, sólo era capaz de construir estructuras que tuviesen una utilidad inmediata. Afirmaba que, potencialmente, el cerebro de los salvajes era tan bueno como el nuestro, pero que no lo utilizaban de forma plena. Por tanto, nuestro cerebro habría desarrollado sus capacidades superiores mucho tiempo antes que empezáramos a utilizarlas.
También fue un activista social. Decía que las tierras debían estar gestionadas por el estado para permitir ser trabajada por personas que buscaran el beneficio de la mayoría. También criticó las políticas de libre mercado inglesas porque, según decía, tenían un impacto muy negativo en las clases trabajadoras.
Otro detalle a considerar es que fue un cruzado contra las vacunaciones.
Aunque no fuera perfecto, hemos de reconocerle como un precursor de la teoría de la evolución, de la etnografía, de la zoogeografía (la distribución geográfica de los animales) y ¿por qué no? un precursor de la lucha contra el racismo.
Murió a los 90 años. El New York Times lo calificó como: El último de los gigantes perteneciente a ese maravilloso grupo de intelectuales que incluye, entre otros, a Darwin, Huxley, Spencer, Lyell y Owen cuyas investigaciones revolucionaron y evolucionaron el pensamiento del siglo.

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