13 nov. 2007

Hombres que cantan como ángeles


Javier Medina viste un pomposo traje de colores, un tocado de plumas y dorado, muy dorado. Así debía ser en el barroco, en la época donde su voz era la voz de los ángeles.





"A la gente le surge muchísimo la duda de si soy hombre, si soy mujer, si soy niño o qué y eso causa una especie de resquemor en el público" me dice Medina, con una finísima voz que no es de hombre, ni de mujer, ni de niño.
El mexicano Javier Medina es uno de los pocos cantantes a los que muchos le ponen el incómodo nombre de "castrado natural". Pero no lo es.
El registro de su voz es idéntico al de los llamados castrati, pero él posee esa extraña voz por una suma de accidentes biológicos y no, como en un castrato, porque se le extirparon los testículos.
Así se llama la obra de Claudio Valdez que recorre Europa y que dramatiza la ya muy dramática "creación" y vida de un castrato en la época de su apogeo, entre el siglo XVI y fines del XIX.
"Los castrati eran los sex symbols de la época. No son eunucos, tienen su miembro completo, pero sin que pudieran embarazar a las mujeres, lo que los hacía los amantes ideales de la época", cuenta Valdés.
En la obra se citan abundantes testimonios de época, de los desmayos de hombres y mujeres frente a una voz que no había en la naturaleza, de sus siempre ascendentes caprichos, de su jugetona crueldad amorosa.
Detrás de todo está, claro, la brutalidad necesaria para hacer amputar los testículos de un niño y probar, después de muchos años, si había valido la pena o no.
"La inmensa mayoría no trascendía, en los demás, las voces eran malas y terminaban trabajando en cualquier otra cosa; muy frustrante haber apostado tanto, por nada", me dice Valdez .
Y es que en los últimos años se ha presentado un nuevo auge de la ópera barroca gracias a cantantes contratenores como Philippe Jaroussky, David Daniels o Andreas Scholl, que interpretan el repertorio de los Castrati.
Sin embargo, ellos alcanzan esos tonos por la imposición de su voz; Javier Medina puede cantar naturalmente como un castrato y acercar acaso más fielmente la fascinación que una época tuvo con estos inquietantes seres.
Los castrados fueron figuras trágicas, tras sus virtudes musicales estaba su destino de juguetes humanos, de ser los primeros seres creados por otros hombres para el arte.
La voz que salió de ellos y que no existía en la naturaleza provoca una rara sensación, como la del título de la obra de Valdéz "Monstruos y Prodigios".

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